Genocidas Piadosos¹

Los genocidas piadosos son aquellas personas que desde una supuesta bondad y, generalmente con cierta concepción propia de superioridad moral, realizan o dan el soporte necesario para acciones que generan no solo un destacado daño individual sino, sobre todo, a nivel colectivo de toda la humanidad. A poco que piense sobre esta idea, el avezado lector podrá imaginar muchos individuos y múltiples temáticas que encajan en esta definición. Entre todos esos posibles, hoy vamos a hablar de un tipo concreto de ellos. Los favorables a la emigración.

La emigración como fenómeno es tan antiguo como el propio hombre, tanto a nivel histórico como, incluso, desde los primeros homínidos, basado en numerosas causas, ya sean sociales, económicas o incluso psicológicas. Un primer vistazo nos puede predisponer de forma favorable a esta migración de seres humanos que ante unas duras condiciones de vida quieren mejorarlas en un nuevo lugar donde poder hacer su hogar y que están dispuestas al duro sacrificio del tránsito desde el emplazamiento de origen a otro desconocido. Pero también, si nos atrevemos con franqueza a mirarlo en profundidad, veremos una gran cantidad de dificultades y problemas, que solo si cerramos nuestros ojos no nos parecerán obvios.

Sin embargo, nuestros genocidas piadosos consideran que su postura favorable a este fenómeno es un gran bien supremo. Algo que trataremos de demostrar que no es cierto, en especial, aunque no solo, cuando este fenómeno migratorio es masivo.

Hagamos brevemente un recorrido desde el inicio en sus países, pasando por el camino, hasta llegar al destino de los migrantes.

Empecemos por las consecuencias en origen. Cuando en un país gran parte de su población emigra a otros por el motivo que sea: buscar mejores condiciones económicas, escapar de situaciones de conflicto, lograr superiores oportunidades personales… esto crea en el país de salida normalmente una marcha de sus ciudadanos que podían ser más productivos, generalmente jóvenes y que produce un círculo vicioso arruinando progresivamente cada vez más la economía. Lo que hace que la población restante tenga peores condiciones e igualmente siga viendo como única solución la propia emigración y no la resolución de los problemas en su país.

Tenemos también el inconveniente añadido, como podemos ver en muchas migraciones, donde mayoritariamente son hombres los que van. Lo que produce una desigualdad importante entre sexos que a su vez genera no pocos impedimentos personales y una dificultad creciente en formar nuevas familias. A ello se suma que la población es cada vez más envejecida. Todo esto no aporta soluciones, sino que agrava los problemas.

Asimismo, dentro de estas masas de población obviamente encontraremos individuos de comportamientos no solo conflictivos sino directamente delictivos. Si bien esto puede suponer una ventaja y una mejora para el país de salida, al perder elementos peligrosos, nuevamente suponen un escape para disputas y tensiones internas bien con la salida de delincuentes o bien de disidentes a los sistemas de gobierno y a los gobernantes de estos países. Lo más grave es que también se benefician unas minorías privilegiadas que, sin lugar a duda, se ven favorecidas de no tener que verse obligadas a encontrar soluciones a los problemas socioeconómicos y que ven alejarse a todas las voces disidentes o de enfrentamiento.

No podemos señalar a estos beneficiados de la emigración como genocidas piadosos sino, más bien, en otra categoría. Otra en la que se encontrarían todos aquellos sinvergüenzas muy conscientes y que se benefician de todas esas acciones supuestamente bondadosas de los genocidas piadosos.

Tras estos vagabundos modernos quedan muchas familias esperanzadas con el éxito de la empresa, con el soporte económico que le puedan mandar, pero también arruinadas y endeudadas con auténticas organizaciones mafiosas probablemente relacionadas en algún modo con esas élites de los países de origen y que pone en peligro la existencia y la calidad de vida de estas personas, en especial, si fracasan en su intento de llegar a su destino y poder devolver sus deudas. Obligándoles a realizar de nuevo la travesía con otros miembros familiares y progresivamente aumentando su dependencia a las mafias.

Sin intención de ser exhaustivo vayamos ahora al recorrido, es decir, aquel trayecto que realizan entre sus países de origen y los países de destino a veces por avión, pero muchas veces por vía marítima, terrestre o combinando ambas. Veamos el paso por tierra y por mar, dado que, en principio, por vía aérea parece menos problemático. Por tierra encontramos a grandes masas de población sin identificar y en circunstancias complejas que no suelen aportar beneficios a los países de tránsito, pero sí problemas. Tanto de conflictos y delincuencia como de mantenimiento de las personas que emigran, justamente en condiciones precarias y que poco beneficio pueden aportar a los países de tránsito. En los que el anonimato puede permitir también cualquier tipo de excesos. En estos ultrajes no pensemos solamente en los realizados por los migrantes sino en todos aquellos que al igual que las oligarquías de sus países de origen, que llamábamos antes sinvergüenzas conscientes, se aprovechan de las personas a lo largo de todo este recorrido.

Entre ellos podemos encontrar los que se benefician económicamente bien robando o bien con la violencia hacia estos desplazados de su tierra desatando sus bajas pasiones: ira, desprecio, odio, racismo… un racismo que no solo es propio de los países receptores de migración sino también de los de tránsito y, por qué no decirlo, también de los de origen.

En estas rutas numerosos abusos se producen de índole sexual donde las víctimas predilectas son mujeres y niños, aunque también a los hombres como medio de vejación y es la causa de uno de los grandes negocios mundiales como el tráfico sexual de menores y el de la trata de blancas. Estos mercaderes de la miseria de estas grandes organizaciones criminales juntan estos delitos a sus otros negocios y posiblemente podamos encontrar también dentro de sus actividades los propios movimientos organizados de migración que en poco difieren de los tráficos de esclavos del pasado lejano (o no tan lejano).

En el caso marítimo podemos juntar esta explotación económica, y posiblemente sexual, con la peligrosidad del propio trayecto que se ve aumentada por la avaricia de estas organizaciones criminales que ponen vehículos precarios, pateras o cayucos, para ahorrar costos y maximizar el beneficio. Así como engaños y estafas que suponen la ruina de estos errantes y también de sus familias. Quedan en tierra de nadie, a menudo convertidos en una carga para las sociedades de tránsito, que no pueden sostener a una población adicional y ni saben ni quieren mantenerla.

En otros casos la solución de estos migrantes es más rápida y más trágica con la misma muerte en el camino.

Las consecuencias en el destino de la migración no son menos graves, si cabe. Porque esa inmigración sufrirá y hará sufrir a la población nativa con un duro choque cultural del que generalmente solo encontraremos consecuencias negativas. Más allá de pequeños detalles folclóricos de moda, gastronomía, acentos u obras culturales, la realidad que encontraremos serán guetos donde los recién llegados no comprenderán e incluso despreciarán a la cultura receptora y de forma idéntica, esta considerará extraños, bárbaros e, incluso, salvajes los comportamientos de los recién llegados.

Por encima de estas apreciaciones, estos foráneos se encontrarán una realidad compleja donde muchos de ellos no podrán adaptarse. Por un lado, caerán en la delincuencia aumentando a su vez el rechazo de la población nativa y, por otro, serán mano de obra barata para empresarios explotadores que ven la oportunidad de ahorrar costes laborales. Esto último llevará a competir con las clases sociales más desfavorecidas, empeorando mutuamente la situación de ambos colectivos con peores salarios y condiciones de vida. Además, será una carga para el Estado por el aumento de los gastos sociales y a su vez provocará, como históricamente lo ha hecho, el rechazo de los desfavorecidos nacionales que verán como esas ayudas se multiplican, pero también disminuyen en cuantía y se van diluyendo ante la imposibilidad de las arcas públicas de abarcar todos los frentes.

Otros muchos caerán en el mercado negro dedicándose no solo a las actividades legales marginales, sino a aquellas realidades existentes, pero siempre en el límite o más allá de la legalidad. Serán traficantes, creando sus propias mafias que lucharán entre ellas y contra las autóctonas por el control de estos mercados. Otros pasarán al mundo de la prostitución usando sus cuerpos para sobrevivir o bien se dedicarán a la extorsión de los más débiles de sus compatriotas y así un largo etcétera que aumentará la exclusión social no solo de los que pasan la legalidad sino de todo el colectivo que quedará estigmatizado y a la vez generará en ellos un sentimiento de inferioridad, de complejo y, sobre todo, dejará sentimientos de resentimiento, que si se dan los condicionantes adecuados estallarán de forma violenta en el futuro.

Decía Carlo Mario Cipolla en esa maravillosa obra Allegro ma non troppo2, pasando sutilmente de la broma a una máxima suprema, que la estupidez humana recorre a todas las personas independientemente de su nivel académico. Él perfilaba un eje simbólico donde consideraba estúpidos aquellos que realizaban una gran maldad con escaso o nulo beneficio propio, mientras llamaba simplemente malvados aquellos que realizaban el mal con un mayor beneficio particular que daño general causado. Nosotros hemos llamado aquí a esos malvados como sinvergüenzas conscientes, sabedores de ese mal que están realizando. Ahí tendríamos a gran parte de los partidos políticos, unos porque se benefician electoralmente de esa emigración con sus votos directos y, también, con los de otra parte de la población que los respalda por sus supuestas intenciones benefactoras, además de llevarse un beneficio económico en connivencia con ONGs y redes de trata de personas, y por otro lado, los partidos que igualmente de manera contraria la utilizan criticándola para aumentar las pasiones de su electorado siendo ambos ajenos a las crueldades que existen en ese camino.

Por si fuera poco, ahí está el llamado Tercer Sector, esas asociaciones, ONGs y organizaciones que ven a la emigración, con toda su problemática, como la gallina de los huevos de oro que desean explotar para sacar el mayor provecho, pero sin que se muera (es decir, sin solucionar el verdadero problema de origen) porque les da pingües beneficios, en especial, a sus directivas. Estas élites de la caridad de esa piadosa, falsa y ponzoñosa misericordia que ha generado un reguero de sangre, dolor y destrucción, así como del mayor genocidio que se puede haber cometido en la Historia Contemporánea3.

También entraría en esta categoría de malvados de Cipolla todos aquellos empresarios que con esta llegada de inmigración ven aumentar las listas de desempleo y que esta gente, desde una realidad mucho peor, valora como un avance esclavizarse voluntariamente por sueldos paupérrimos que les permiten sobrevivir y mandar alguna ayuda a sus familias. Junto a ellos habría muchas otras categorías: arrendatarios que con esta llegada de población ven aumentar el valor de sus inmuebles (o simplemente los convierten en pisos patera), diferentes empresas que trabajan en múltiples sectores: materiales, productos o servicios, sufragados nuevamente con dinero público que viven, en algunos casos estupendamente, con este crimen diario que es la tragedia de la emigración.

Sumado a esto hallaríamos, siguiendo esa clasificación de Cipolla, casos intermedios entre la maldad y la estupidez donde se encontraría algún beneficio para los particulares, pero aparejado con un mayor daño para la sociedad. Como muchos de aquellos que trabajan en las categorías inferiores de estas ONGs o partidos, atendiendo a la inmigración muchas veces con sueldos inferiores a su categoría profesional mientras sus superiores se enriquecen con todo su negocio. Técnicos, trabajadores sociales, psicólogos, politólogos, sociólogos… y muchos otros que hinchan también su boca con orgullo por su gran trabajo a la sociedad y que en realidad son cooperadores necesarios de esa perversidad que se está produciendo. También en estas categorías intermedias, entre estupidez y iniquidad, pero siempre con un mayor daño que beneficio encontraríamos a todos aquellos que se benefician sexualmente. Trabajadoras de organizaciones no gubernamentales que anhelan tener un maravilloso mandingo en su cama o abuelos desdentados que se llevan los últimos placeres venéreos de su vida con despampanantes caribeñas y así un largo etcétera donde el beneficio personal no cubre el daño general que se está produciendo.

Pero es aquí en este artículo donde la crítica va sobre la última categoría el cómplice, el cooperador necesario. Ese votante de los partidos pro inmigración, aquel que desde su supuesta buena voluntad dona sus quince euretes al mes a una ONG que favorece el tráfico de seres humanos de forma muy similar a como se hacía en el pasado entre África y América o entre la Cristiandad y el Islam. A todos aquellos que en sus cafés de sobremesa dicen “pobre gente cómo no vas a permitir que vengan”. Cuando en realidad están diciendo cómo no vamos a permitir que los dictadores de sus países no se sigan manteniendo el poder, que las redes de esclavistas en los países de origen y de destino se enriquezcan, que miles de tiranos no vivan con la miseria y la sangre de los pobres desgraciados, o cómo no vamos a consentir que muchos niños desaparezcan para que se utilicen sus órganos o sean usados sexualmente hasta perecer o, bien, cómo vamos a estar en contra de este tráfico que hace incluso que la muerte, a veces, sea vista durante las penurias del camino como un regalo.

Es a ellos a esos genocidas piadosos a los que dedicamos el artículo. A los que hemos de identificar detestar con todas nuestras fuerzas, porque son ellos, y sobre todo ellos, los culpables de ese mal… de ese genocidio.

Por lo tanto, si usted conoce alguno de estos genocidas piadosos y en el momento que comience su diatriba en el bar, en la sala de café de su trabajo o en el salón de su casa en la cena de Año Nuevo, probablemente hinchado de vanagloria y de superioridad moral, y antes de que comience a hablar como si estuviera aleccionando a un imaginario auditorio sobre verdades absolutas, mírelo fijamente a los ojos, con todo el desprecio y asco que sea capaz de sentir, y espétele4 a la cara: «Usted, amigo, usted es peor que Hitler».

1 La Editorial quiere señalar que siguiendo los principios que dirigen nuestra revista Peripatéticos buscamos la diversidad de opiniones con la finalidad de llegar a acuerdos asertivos y constructivos. Dicho esto, la Editorial no se hace responsable o apoya las opiniones realizadas en los ensayos que son propias de los autores que las escriben y las crean.

2 Si no la han leído, me la leen.

3 Y si el lector hace memoria ha habido unos cuantos.

4 He preferido sustituir aquí el alegórico verbo de escúpale para evitar que algún lector tomará literalmente las palabras.

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