Tiziano Tizona En estas fechas tan entrañables, que diría el otro, no deja uno de sentirse como cabra en garaje. A uno le gusta el jolgorio y la algarabía, y es consciente de lo necesario que son para los niños. Puede que falle el encaje; me explico: al final de trimestre y los maestros de burocracia (bendita LOMLOE) hasta el pescuezo y con los chavales (sobre todo los mayores) con sus exámenes trimestrales a flor de piel, colegios (más) e institutos (menos) sacan a calentar al burrito sabanero, al festival, a los pastorcillos, a Santa y a la grabación de tiktoks bailongueros. Imposible concentrarse en clase (ya es difícil “per se») entre zambombas y reguetones. Claro, que, si uno hace constar esas dificultades, se lleva de premio, no la sensata temporalización del jolgorio sino el adelanto de la entrega burocrática (lo que ahoga, todavía más, a docentes y alumnado). Y es que se ha pasado de un brochazo a que lo complementario supere a lo básico (ojo, que villancicos y borreguitos existieron siempre en los centros); no se pueden parar (o condicionar) una quincena las clases por y para el postureo.
No deja de admirarme la peña que es capaz de ver cosas positivas dentro del desastre, son héroes. Tras el último batacazo en la medida del nivel de nuestro alumnado (y ya van tropecientos), esta vez en Matemáticas y Ciencias (4EP y 2ESO). Hay gente que argumenta las bondades de la homogeneidad de los resultados en todo el territorio. Es decir, que nos vamos homogéneamente al carajo todos. Nadie busca las causas por temor a ser tildado de cualquier barbaridad por los apóstoles del proyecto, del ámbito, de la emoción como bandera, prietas las filas contra los academicistas que son todos unos fachas. Si vaciar el currículum, encerrarse en la burocracia y dejar que el alumno dirija su propio aprendizaje da como resultado que se necesita un tutorial de YouTube para echarle sal a un huevo. Y el camino que llevamos en eso de preparar al alumnado para el siglo veintitantos es que van a competir en conocimientos con los grillos. Que las comunidades más “innovadoras» son las que se han dado el mayor hostión (léase Cataluña). Puede que la solución no pase por más ABP, más ámbitos, más recortes curriculares, más rellenar papelajos, más emomacetas abrazables y abrazosas. A lo mejor hay que hacer justamente lo contrario, aunque las empresas “amiguis” no puedan beneficiarse del trabajo serio, sensato y riguroso de un profesorado que priorice el conocimiento al vedetismo tiktokero y de un alumnado que se dedique, primordialmente, al estudio y al trabajo.