La tradición Hagumo (Los Shizen)

El secreto mejor guardado de Japón.

Poco han dejado los historiadores claro respecto a la cultura Hagumo conocida por los Yamato como los Shizen, “los naturales”. Se trata de una cultura de aluvión, hecha a partir de diferentes tribus indígenas de las Islas de Japón, que una vez invadidas por los Yamato provenientes del Sudeste Asiático, fueron empujadas hacia la isla de Hokkaido, al Norte y se organizaron en torno a cuatro aldeas míticas, Yabu, Kawa, Tayo y Yama.

Lo que ha llegado hasta nosotros por vía oral respecto a su historia como pueblo, ha sido infinitamente menor a lo que ha sobrevivido de su cultura. Sabemos por historiadores como Takeo Nagaki, que las aldeas originarias de dicha cultura probablemente estaban situadas en el área de la actual Sapporo durante la era kamakura (1192–1333).

Son conocidas por tradición oral al menos dos destrucciones completas de las aldeas (derrotas militares) por parte de los invasores Yamato. Sin embargo la cultura Shizen sobrevivió hasta nuestros días, en gran parte probablemente y a través de las manos de los propios Shizen, que estando entonces mezclados con los japoneses, actuando como espías y protectores de su pueblo, se mantuvieron infiltrados en puestos de poder e influencia, cuando ambas derrotas tuvieron lugar.

Si la historiografía es parca en detalles sobre esta cultura, sin embargo su legado cultural es ciclópeo y ha llegado a nuestros días de forma secreta y oral a través de los inmigrantes Shizen que llegaron a Brasil a principios del siglo XX.

Los Hagumo estaban formados por tribus de raza caucásica, con abundante pelo y barbas. De las culturas antiguas de los indígenas de las islas que conforman el Japón moderno, la mas conocida es la Ainu (o Aino), que si bien posee su propio idioma, empero carece por ejemplo de escritura propia. La cultura Hagumo al contrario, nos ha legado tres formas distintas de escritura. Este simple factor dimensiona claramente la diferencia y la profundidad de sus conocimientos, así como la fuerza de su idiosincrasia comparada con la cultura Aino.

Los Aino sobrevivieron al expolio, la aculturación y el sometimiento de los Yamato, viviendo episodios, incluso en el siglo XX, propios del holocausto. Los Aino sin embargo, mantienen ciertas tradiciones, así como su idioma, un poco al modo de los indios americanos, mucho mas una sentimental rémora de lo que fueron que otra cosa, pues su estilo de vida como cazadores recolectores, fue intencionada y absolutamente destruido por los japoneses. Incluso hoy en día la pesca del salmón en sus ríos, base de su forma de vida en los duros días de invierno, sigue estando prohibida o patrocinada por el estado. Los Aino no tenían el concepto de propiedad de forma que la expropiación de sus tierras entregadas a inmigrante japoneses a principios del siglo pasado supuso un desastre en su forma de vida. Humillados y obligados a olvidar su idioma, fueron forzados a una integración devastadora. Hoy en día el gobierno japonés reconoce esta minoría y ha dictado leyes intentando proteger ese legado.

Al contrario de los Aino, la cultura Hagumo (Shizen) alcanzó altas cotas de sofisticación a lo largo de los siglos, pero ya en sus comienzos mostró un vigor insospechado y una marcada personalidad. Cuentan sus tradiciones orales, que los Hagumo no se definían a si mismos a partir de ningún rasgo racial, sino cultural. Esta diferenciación probablemente haya estado en la base de su gran éxito a la hora de perpetuarse en el tiempo. Rompeolas de muchas culturas indígenas, organizadas frente al invasor, los Hagumo supieron, al menos al principio, anteponer un factor integrador superior, su cultura, a uno inferior, la raza, el clan o la tribu. Por otro lado el propósito defensivo establecido en su fundación, marcará definitivamente su carácter cerrado y secreto a partir de ese momento.

Tal y como los indios americanos, toda persona podía convertirse en parte del pueblo, siempre que tras un periodo de prueba y convivencia, aprendiera sus costumbres y las integrara en su vida. Este periodo se extendía antiguamente en una cierta cantidad de “lunas” que corresponderían con tres años en nuestra medida. Tras ese periodo, eran iniciados en sus ritos a través de una ceremonia conocida en su idioma como ashakoro (en su idioma: Lo grande, que se junta grande, con lo pequeño material, a través de la razón).  A partir de ese momento eran considerados parte del pueblo Shizen e iniciados en sus secretos y en el culto a Tengu (perros de dios), una tradición espiritual conocida en su idioma como e-bunto (la gran fuerza común), en japonés Ochikara.

La palabra Tengu poseían probablemente similitudes con otras tradiciones chamánicas provenientes de Mongolia (véase culto a Tengri) y con origen en culturas antiguas existentes desde el neolítico, pues poseen rasgos comunes con otras culturas antiguas de China, Mongolia y el Tibet.

El legado Shizen es un milagro antropológico de perpetuación. Sin escrito alguno (era un cultura basada en el secreto) la profundidad y extensión de los conocimientos que han llegado a nuestros días es absolutamente extraordinaria. No recuerdo ningún otro caso semejante en la historia moderna, por lo que esta cultura es en si misma una “viva piedra roseta” de las culturas mas antiguas del mundo. Lo que a mi ha llegado de nuestro linaje (proveniente especialmente de la aldea de Kawa y Yabu) es tan vasto e impresionante, que tardaría varias vidas en estudiarlo todo. Los materiales recopilados por Shidoshi Jordan Augusto y humildemente, (muy lejos de su titánico trabajo), por mi mismo, sobrepasan las 50.000 entradas de artículos, libros y materiales, en los que se explican y analizan, aspectos tan diferenciados como la medicina, la filosofía, el idioma, las canciones, oraciones, sutras, bailes, psicología, medicina espiritual (chamanismo Shizen), monogatari (cuentos mitológicos), Artes Marciales, protocolos y costumbres, Festividades, espiritualidad, oráculos, etc etc…

El secreto como norma defensiva, ha mantenido toda una cultura enorme y grandiosa, oculta de los ojos de la humanidad. El secreto, que marca su idiosincrasia, impregna su ADN fundacional con tal fuerza, que solo a través de él y con un vigor y fuerza inconmensurables, la ha permitido pervivir todos estos siglos a través de las familias, los chamanes (Miryoku) y los sacerdotes andarines conocidos como Kotoma Tonbo (monjes errantes conocidos como libélulas andarinas).

El secreto, que tuvo su sentido en la defensa de los herederos de dicha tradición, primero, frente a los invasores muy superiores en número y fuerzas militares, y después, como vehículo de protección entre los grupúsculos de Hagumo renacidos en la diáspora, puede sin embargo convertirse en su definitiva perdición en los tiempos modernos. Los jóvenes y las familias Shizen insertadas en sociedades modernas, tal y como pasa con otras culturas tradicionales, comulgan antes con los intereses y las formas de vida modernas, que con sus hermosas tradiciones antiguas. Por otro lado los grandes Maestros que nos antecedieron, cada uno de ellos una biblioteca viva de la tradición Shizen, han ido uno a uno desapareciendo y su legado reposa ya en muy pocas manos.

El mundo de hoy en día, vive inmerso en la fuerza centrifuga que impone el pensamiento único y por mas que existe la resistencia a la perdida de identidad con el resurgir de los patrioterismos, localismos y nacionalismos, lo cierto es que el día a día moderno, está devorando toda verdadera distinción, relevando a folklore, lo que un día fue sabiduría para afrontar obstáculos reales, cotidianeidad y vivencias, frente al misterios del existir. Y es que es la necesidad la madre de los cambios y cuando ésta entra en juego, demuda todo lo que hay alrededor y nada la detiene. Esto es tan cierto en las culturas, como en los individuos.

La profundidad y particularidad de la cultura Shizen es tan extraordinaria y existe tan viva en nuestro cotidiano espiritual, que hemos empeñado nuestro esfuerzo y dedicación en preservarla mediante su transmisión. Esto implica un giro de acontecimientos excepcional que solo se puede entender en el marco de lo extraordinario de la situación.

En cualquier caso seamos capaces o no de llevar  acabo este proyecto, tal como en la vida humana, en la de las culturas, dos son los momentos mas importantes y grandiosos: El nacimiento y la muerte. El nacimiento, porque define toda una trayectoria, como una flecha, que apuntando a su diana, predefine su trayectoria, y la muerte, porque en ella resuelve el culmen y la máxima tensión de su propósito. Tras toda muerte, solo queda el renacimiento a un plano distinto y por lo tanto, la trascendencia a un plano vibratorio mas sutil y necesariamente por ello, superior.

La cantidad extraordinaria de trasgresiones y acontecimientos extremos, desproporcionados y limites, que llevaron hasta el momento en que fui nombrado “eternamente sucesor” (kokeisha en japonés, Koromi en Shizengo) de las tradiciones de la aldea de Kawa en nuestro linaje, darían por si solas para escribir todo un libro, pero son solo una pequeña gota de tiempo, en la larga historia del pueblo Hagumo. Ningún individuo es importante fuera del marco de su realidad y su tiempo, pero todos somos decisivos ante los apremios del destino. Mi profesor Joho Jordan Augusto en primer lugar y yo nos empeñamos en esta cruzada, el tiempo dirá que fuimos capaces de hacer y como.

Reza el dicho que, espacio y tiempo por medio, todo se ve en su opuesto. Hace muchos años escribí que en los tiempos modernos y paradójicos del totus revolutum milenarista, lo mejor de Oriente se vería en Occidente y viceversa. El capitalismo está alcanzando cotas extremas de perfección en su esencia en China, mientras lo mejor de Oriente, desde el Dalai Lama, hasta la madre Teresa de Calcuta (que era Albanesa), se verá en Occidente. Los grandes artistas Marciales de Oriente están hoy en Occidente y muchos son los sucesores de linajes antiguos de Oriente que ya no tienen los ojos rasgados.

No tengo sangre Shizen, ni japonesa. Al final como al principio, nada de eso es importante, como no lo fue en sus comienzos. Lo espiritual se impone sobre lo material, porque en los tiempos extremos que vivimos, todo alcanza sus límites y se expone desfragmentado. Tiempos en que nada puede ser preservado para mañana, por que el mañana ya llegó y el futuro se encoge; tiempos del Kali Yuga en la tradición hindu, de apocalipsis en la judeo cristiana, y apocalipsis significa destrucción por el fuego… No todo es negativo en ello, pues el fuego es también luz, elucidación de la energía contenida y transfiguración de la materia, hacia un estado energía pura.

Pretender mantener artificiosamente lo pasado, o convertir en piezas de museo culturas tan interesantes como la de los Hagumo, sería matar su verdadero valor, y en un momento en que la humanidad perdida busca caminos y orientaciones que den dirección, sentido y trascendencia a su existir, sería además, un desperdicio. No se trata pues de sostener artificialmente las formas que la hicieron ser lo que fue, sino de encajar su grandeza en los parámetros superiores que alcanzó como una cultura con una dimensión espiritual cuyo valor es eterno; eterno, para las eternas preguntas del hombre, acerca de su identidad como ser espiritual y de las razones y misterios que subyacen en sus vivencias en este plano material.

Las culturas subvencionadas, como las especies en peligro de extinción mantenidas artificiosamente, declinan inexorablemente. Así pues cuando tratas de destruir algo, lo mejor es protegerlo artificialmente, porque la facilidad conduce inexorablemente a la dificultad. No se trata de eso, como no lo es la de traicionar su esencia adaptándolo, bajo premisas acomodaticias, a las conveniencias circunstanciales de quienes se acerquen a ello hoy en día.

Mantener viva una cultura, es pues algo que trasciende las posibilidades de uno o dos individuos y no me llamo a engaños. Tal vez nuestro empeño y propósito sean vanos, pues todo lo que comienza en algún momento termina, pero si así debe de ser, que lo sea con un “grand finale”, en el que brille con toda su fuerza, la grandeza de ésta, una cultura valiente y profundamente espiritual, que navegó con coraje en Universos concienciales en la que pocos se han aventurado.

Si por el contrario, conseguimos pasar el testigo a una nueva generación, que esta sea mejor que las anteriores, y que sin perder la nobleza y la esencia de lo que caracterizó a esta cultura, manteniendo viva su idiosincrasia, sepan renovar la vida de lo Hagumo, en un nuevo contexto irremediablemente distinto y tan lejano en el tiempo como en el espacio, encontrando aquello que de Universal y grandioso vibra en su esencia, con una fuerza y un poder únicos y extraordinarios.

El secreto de los secretos seguirá solo disponible a quienes tengan que formar parte de ello, y que como nosotros quieran transitar en ese mundo único y peculiar; nada será traicionado en este particular y no solo porque forma parte de la esencia de su naturaleza como cultura, sino porque lo es de cualquier camino auténtico que sobrepasa la normalidad. Todo es cuestión de grados en este Universo y en toda pirámide hay pocas piedras arriba y muchas abajo; también es sabido que la cantidad mata la calidad.

 

Los mitos y la cultura Shizen

 

Cuando pensamos en mitos, nuestra inmediata referencia en Occidente, son los de la cultura grecolatina, pero estos fueron comunes en todos los pueblos antiguos con culturas sofisticadas, pueblos que supieron usar los relatos para definir y explicar lo inefable.

La propia idea de mitología posee lecturas diversas. Desde los que la consideran algo poco mas que una colección de cuentos leyendas y folclore, a aquellos que la vinculan con las bases de una religión. Carl J. Jung supo encontrar en ellas una camino intermedio, como expresión emergente del conocimiento oculto inscrito en el inconsciente colectivo de una cultura y por ende de la humanidad en su conjunto.

Pero caeríamos en un error si leyéramos las mitología del pueblo Shizen a través de una visión limitada por solo estos tres enfoques. La mitología Hagumo, por mas que use del relato para transmitir informaciones sobre el ordenamiento del Universo, posee un sustrato absolutamente práctico, que era usado por sus sacerdotes y sacerdotisas en determinados procesos de alteración de campos energéticos y tensionales, y a través de ellos, influir en lo que conocemos como realidad.

Estas prácticas tampoco eran distintivas de los Hagumo. Muchos pueblos antiguos como los Celtas, Egipcios, culturas africanas, etc… poseían prácticas similares en su culturas. Calificarlas como “magia” sería en cierta manera denigrar su verdadera naturaleza y esencia. Empero hoy en día la física cuántica nos permite acercarnos a ellas con otra mirada, una mirada capaz de dar sentido y explicación a lo que de otra manera, el ignorante y el arrogante, simplemente prefieren negar, esto es, el misterioso acceso a ese entramado a través del cual, la trabazón del Universo misteriosamente existe y se expresa.

Hay, eso si, peculiaridades únicas en la forma en la que los Hagumo acometieron sus lecturas de lo oculto; y no me refiero a las lógicas particularidades culturales fruto de su idiosincrasia, con las que se expresaron en sus mitologías, sino en una característica propia excepcional utilizada a la hora de leer el sentido de sus divinidades como sus fractales, tanto en energía, como en tensión.

Consideraron que todo en el Universo estaba formado por partículas de energía vibrante polarizada, y que ésta se podía manifestar en dos formas, a través del mundo material en forma de tensión BUNZA, o del mundo espiritual, en forma de energía BUNTO. Mientras la energía siempre se mueve en espirales, poseyendo un principio y un final, la tensión deviene del encuentro equivalente de dos puntos equivalentes, generando una pauta oscilatoria helicoidal, determinada en una frecuencia. Energía alimenta tensión, y tensión alimenta energía, así el intrincado engranaje del mundo sutil o espiritual, interactúa con el material.

Como todos las informaciones sagradas de la antigüedad, estos relatos poseían claves funcionales, que solo eran aprendidas de Maestro a discípulo, enmarcadas en un conjunto de conocimientos conocidos en su lengua, como e-bunto, literalmente “la gran energía” o “la energía que es común a todos”.

La cultura Hagumo, como otras culturas ancestrales, fue tan amante del secreto que no dejaron textos escritos, si bien poseían tres formas distintas de escritura, según el periodo. Todo el inmenso depósito de informaciones pasó de maestro a alumno envuelta en el secreto, siempre a través de unos pocos elegidos, y así, de forma absolutamente increíble e insospechada, ha sabido llegar a nuestros días.

Empero tal vez sea el advenimiento de la modernidad y la imposición del pensamiento único, propio de la globalización en nuestros días, la razón para terminar con una cultura tan rica y vasta como pocas, eso si no somos capaces de preservarla y contextualizarla en este nuevo paradigma.

Su funcionalidad como protectora de los herederos genéticos de la misma, se está diluyendo, pues cada día mas, las nuevas generaciones, se suscriben a nuevos valores y reducen a cultos cuasi folclóricos, un excelso universo de conocimientos, experiencia y sabiduría. Con la desaparición de sus máximos exponentes, auténticos tesoros y cada uno de ellos verdaderos garantes de su conservación, se fue toda una biblioteca de sapiencia y experiencias, dejando en manos de muy pocos sus conocimientos.

El propio organigrama del conocimiento dentro del e-bunto, se organiza como un conjunto de muñecas rusas, que en primera instancia distingue al Saoto, (literalmente “persona de fuera”), dícese del extranjero, el “no iniciado”, del iniciado (Saota). Estos, a través de los años, deben “transitar” por los reinos de todos los Tengu, hasta llegar al reino de Do no Tengu, momento en el que reciben la graduación como Joho (en japonés, dicho, Shidoshi).

Este transito, si bien era común a todos los iniciados, no implicaba empero la completa incorporación del mismo a los conocimientos ocultos. La mayoría de los Hagumo participaban de la cultura sus tradiciones, costumbres y festividades, pero solo una élite de hierofantes, conocida como Miryoku, en el caso de los hombres, y Minikui, en el caso de las mujeres, accedían a los conocimientos y secretos del e-bunto.

De entre los Miryoku, y las Minikui,  solo un pequeño grupo conformaba una elite conocida como “libélulas andarinas” o Kotoma Tonbo. Libélulas en el sentido de que nacían y morían cada día, pues generalmente eran monjes itinerantes que no se establecían permanentemente en solo lugar.

Considerados intocables, sus conocimientos eran la ultima línea de defensa de la cultura y el pueblo Shizen. Existía entre ellos asimismo, dos ceremonias iniciáticas mas, realizadas cada dos años después de su iniciación como Tonbo, ceremonias de presentación a un determinado tipo de fuerzas.

En el siglo pasado se generó una línea paralela que distinguió a su vez dos grupos entre su gente: Los Terazo (luminosos), y los Kurai (oscuros), siendo estos segundos conocidos como “los ángeles negros”, protectores del grupo y cuyas formulaciones y conocimientos eran así mismo también, un mundo aparte dentro de los Shizen.

 

Orígenes de Tengu

 

La palabra Tengu, traducida del japonés como “perros de dios”, posee un significado muy distinto para el pueblo Hagumo, que el atribuido por la cultura japonesa. Probablemente esto se deba al propio secretismo Hagumo, que incluso cuando sus aldeas originarias fueron destruidas y ya mezclados con los japoneses, continuaron guardando en secreto sus conocimientos y tradiciones. Empero, las contaminaciones culturales son siempre imposibles de evitar y ambos lados se vieron influenciados en esta dinámica de convivencias.

El Shintoísmo japonés dio a Tengu un sentido distinto al propio del e-bunto, tomando a uno de ellos Karassu Tengu, el Tengu, medio cuervo, medio hombre (Karassu es “cuervo” en japonés) y su iconografía más elemental, como referencia para terminar por reducir a todos los demás Tengu en general, bajo esta confusa imagen. El pico del cuervo se convierte en algunas representaciones en una larga nariz, pero mantiene el color rojo de la cara como referencia, (uno de los colores junto al negro de este Tengu, de acuerdo a la tradición Hagumo).

Algunos estudiosos mantienen que fueron las apariciones de espíritus de Jesuitas muertos en Japón (las grandes narices son una característica con la que los Japoneses identifican a todos los Occidentales), las que pudieron contribuir a estas confusiones.

Surgen también aquí y allá citas de otro Tengu, en este caso Shojobu Tengu, como “Okane Tengu” en japonés, el “Tengu del dinero”. Fue inevitable que la fama de algunos Miryoku y Minikui trascendiera el ámbito de las familias Hagumo y no fueron pocos los que prestaron servicios a la aristocracia japonesa, e incluso al propio Shogun.

A pesar de ello acostumbrados a guardar sus secretos, poco fue lo que trascendió de Tengu y su culto, pero obviamente existió una influencia en la cultura japonesa a partir de dicha coexistencia. Cuando uno comprende toda la riqueza de la cultura Hagumo en lo referente a Tengu, es sencillo concluir en que lado reside el verdadero origen de todo lo relativo a Tengu y donde por el contrario tuvo lugar la contaminación.

Tengu para los Hagumo habla de una serie de divinidades, que no son sino representaciones de fractales de la totalidad de lo que es. Son en este sentido “perros celestiales” o de “dios”, en la medida en que son igual de fieles que un canido al propio principio único, llamado en japonés Kamissama, en idioma de los Hagumo, Kamonon.

Existen similitudes obvias con el término Tengri de origen Mongol y que ha sobrevivido en Turco y posee concomitancias en Chino con una divinidad llamada Tiāngǒu. No poseemos certezas en lo relativo a los orígenes del término, pero podemos inferir una relación entre la cultura y el chamanismo Mongol más antiguo y el Hagumo. No en vano las primeras poblaciones prehistóricas que llegaron a las islas de Japón, lo hicieron atravesando el estrecho de Behring. Estos primeros habitantes, están en la base de los orígenes genéticos de los Hagumo, si bien su cultura como tal, se organiza tras la invasión de los Yamato, una etnia procedente del Sudeste Asiático y que con su advenimiento, forzó la creación de este grupo de refugiados de dichas invasiones, en la isla de Hokkaido.

De acuerdo a un compañero de la época de Takeo Nagaki, después de su nombre Hagumo se llamaron también RONGU. Los japoneses frecuentemente los citaban como SHIZEN JIN, SHIZEN MONO, SHIZENBITO, o SHIZEN SHA. En Shizengo, SHIZEN SAO (personas Shizen).

Si bien existían diferencias en el idioma de cada una de las aldeas, todos practicaban el mismo culto a Tengu. Nuestro linaje proviene de Kawa; en Rangugo o Shizengo, la aldea Kawa, se dice Kawazuki Togo, si bien el Miryoku que formó a mi profesor, Jordan Augusto, Yamori, fuera Shiniyuke Tazuo Sensei, que provenía de Yabu, lo que nos ha permitido poseer un más amplio conocimiento de sus tradiciones sagradas.

 

Tengu y la cosmogonía Hagumo.

 

La división del todo en Nueve fases o fractales, constituye la base de la cosmogonía Hagumo. Estos nueve fractales responden a naturalezas distintivas propias, fases vibratorias específicas, que poseen una naturaleza eterna, ni evolucionan ni involucionan. Todo en el Universo posee una naturaleza capaz de ser encuadrada en cualquiera de estos fractales, y las relaciones entre estos, poseen un orden intrínseco y unas tendencias características, que pueden ser aprendidas y comprendidas. Es a estos nueve fractales a los que llamaron Tengu.

La comprensión de cómo actúa Tengu a través de Michi no Ki, los doce caminos y como se manifiestan estas energías a través de conjunciones de fuerzas que predeterminan acontecimientos de naturaleza especifica ligados a cada Tengu (Oni Shisha o “mensajeros de Oni”) son la base primaria que conforma el e-bunto. Los estudios de ONI son el otro factor que compone la base de este conocimiento.

Normalmente formarse como Joho, en japonés dicho Shidoshi, lleva normalmente 17 años. Al ser un camino de raíz tan profunda, posee una personalidad y fuerza insospechadas, que especialmente hoy en día contrastan, con la superficialidad de la cultura moderna.

El hecho de que haya podido preservarse hasta hoy en día de forma tan completa es un milagro antropológico. Las culturas de raigambre tan antigua has sido absorbidas o colonizadas, y los procesos de aculturación y mezcla, han acabado con todas ellas en todo el mundo. Podemos afirmar que es un caso practicamente único y una de las revelaciones de la cultura de Japón mas desconocidas y antiguas que existen.

Acceder a la cultura de los Hagumo es viajar en el tiempo y el espacio a los orígenes de un Japón primordial, una inmersión en las misteriosas florestas de Hokkaido, donde se refugiaron los primeros habitantes de Japón. Su filosofía y misteriosos conocimientos influyeron en los siguientes siglos en la cultura japonesa, prestándole parte de esa insondable profundidad que incluso hoy en día no saben decir de donde procede.

Maestros marciales como Ueshiba, el creador del Aikido, hablaron de Tengu de forma misteriosa, como unos seres que en sueños les enseñaban kata e incluso el uso de armas como la Naginata.

En Japón al e-bunto se refieren frecuentemente como Ochikara (fuerza). A los integrantes de esta cultura se les relacionó con Karassu Tengu y dicha influencia ha llegado hoy en día incluso en el imaginario colectivo a través de películas (véase la versión de los 47 Samurai con Keanu Reeves) e incluso al Manga.

Sus conocimientos Marciales incluidas bajo el común epígrafe de Bugei o Artes de Guerra, incluyen desde formas propias antiguas hasta aquellas que incorporaron en su etapa mezclados con los Yamato. Se caracterizan por su extremada contundencia las unas, y por su sofisticación las otras; desde el Koppojutsu, hasta el Aiki Ju Jutsu propio de la aristocracia en su etapa japonesa, el dominio de todas las armas, desde el tiro con arco hasta la Katana, Yari, Naginata, shuriken, etc… El linaje de Ogawa Ha, ha dejado vivas muestras de estas habilidades a través de Shidoshi Jordan Augusto su máximo exponente hoy en día.

Su mayor legado empero proviene de el oculto conocimiento de sus chamanes, un universo de conocimientos que surge fruto de la necesidad en los orígenes de su azarosa historia.

En Hokkaido, donde el palpitar de las fuerzas telúricas y sus volcanes crean lagunas de fuentes termales, el hogar de la garza, del oso y los salmones, de gélidos inviernos y frondosos bosques de bambú, surgió una cultura errante, que milagrosamente ha guardado hasta nuestros días, algunos de los secretos mas profundos que contaminaron la cultura de Japón. Una cultura que resurge hoy en día dejándonos un regalo de sabiduría extraordinario, el e-bunto.

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